La Cocina de mi Padre

Un retrato de infancia, el desayuno en familia en la cocina de mi padre, con aroma a hojas de eucaliptus, a miel y a leña; de sartenes y huevos a punto, chocolate caliente y avena con corazón de miel.

La Cocina de mi Padre

Los desayunos en familia del día domingo eran mis preferidos. Mi padre era el encargado de la cocina ese día. Se enfundaba su delantal azul y se entregaba a la deliciosa tarea.

En frente a esa majestuosa cocina, entera forjada en hierro, de un color ceniza ya indefinible por las largas horas de trabajo ­–nunca se apagaba fuera invierno o verano-  y que tiznaba el alto techo revestido con vigas de madera, dobladas con el peso de la gruesa pizarra que lo cubría, mi padre revolvía las distintas ollas y sartenes donde los exquisitos manjares domingueros expelían sus aromas.

Desde muy temprano, él había comenzado a poner sobre ella unos gigantescos y redondos sartenes donde prepararía para mis cinco hermanos y para mí los huevos con tocino y la sabrosa avena con miel. Al lado, una gran tetera de aluminio que también con el paso del tiempo había perdido su brillante cobertura, se había transformado en lo que yo asemejaba a un gran trozo de carbón, el que se convertía en un pequeño volcán silbador cada vez que lanzaba al aire esas plumas de vapor cuando el agua estaba a punto para el café.

Mis hermanos y yo nos sentábamos a lo largo de una rústica mesa de tablas macizas, que era el doble de tamaño de una mesa normal, incluso para aquella época. Cada uno tenía su propia silla, los mayores tenían predilección por aquellas bajas y con cojines que les permitían un displicente desayuno mirando una revista o el periódico. Los del medio, sentados en no muy cómodos bancos, altos y gruesos, pero que les permitía estar atentos a un pequeño televisor que trasmitía dibujos animados favoritos de aquel tiempo.

Artista: Timothy Easton

En cambio yo, la menor, tenía mi privilegio: Una alta silla de color rosado, adornada con flores y animales, que me dejaba a la altura justa para que mi mirada vagabundeara a través del gran ventanal que abría mi mundo hacia aquel ancho patio que terminaba en el infinito.

Mi padre dibuja un corazón con un chorro de miel sobre mi plato de avena. Tomo mi gran cuchara y poco a poco va desapareciendo ese manjar mientras voy saboreando esa textura suave y dulce que sólo él sabe darle.

Bebo el último sorbo de leche tibia, me pongo de pie y me dirijo hacia él, le doy un sonoro beso de agradecimiento. Voy a la puerta. Atrás queda el olor al café tostado, el aromático té negro proveniente de algún extraño país del oriente, la leche dulce provista por alguna vaquilla generosa, mezclada con la cálida luz de la mañana primaveral,  me hacen sentir que la jornada no podía comenzar de mejor manera. Me espera mi mundo fantástico el resto del día.

Ella Beatriz.

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