Una Navidad Diferente

Mi Navidad fue diferente este año. Me la pasé en cama gracias a un fuerte resfriado. El 23 de Diciembre sobreviví, a duras penas, al dolor de cabeza y a los escalofríos. La mañana del 24 amanecí peor, ya que toda la noche estuve en un afiebrado sueño donde me vi confeccionando delicadas y bellas ropas de encaje bordado para las letras del alfabeto, las que se ajustaban perfectamente a sus artísticos diseños.

Durante los días previos a Navidad había estado trabajando en la edición y traducción del cuento de Beatrix Potter, El Sastre de Glaucester. Su protagonista, un anciano muy pobre que confeccionaba hermosos trajes para los hombres ricos de la ciudad, se enferma los días previos a la Navidad quedándose sin cena y sin poder finalizar un importante trabajo.

Pensaba en aquellos ratoncitos que terminaron la labor del Sastre mientras éste deliraba en su cama, e intentaba encontrar la causa de los fuertes dolores que me aquejaban, cuando de pronto me sorprendí diciendo en voz alta: -¡Fueron los ratones!-

Pues, sí. Al igual que el protagonista del cuento de Beatrix Potter, también tengo una gran familia de roedores viviendo entre los recovecos de mi casa, la que tan vieja no es, aunque no estoy segura si son ratones o ardillas.

A estas últimas las he visto entrar a la casa por alguna ranura durante la temporada de primavera y verano, que es cuando salen de sus madrigueras en busca de comida.

Pienso que deben estar gorditos porque recientemente descubrí en nuestra bodega, que la bolsa con semillas que guardamos para alimentar a las aves silvestres del jardín estaba rota en la base y casi vacía.

Se dice que los ratones y las ardillas contagian enfermedades a las personas. Y días antes, yo había tomado la bolsa, la había alzado en el aire para examinarla con detención durante un buen rato, tratando de comprender la causa del porqué se encontraba en ese estado.

¡Ratones… Uf! ¡Son tan lindos y asquerosos, a la vez! Aunque, en mi fuero interno deseaba que no hubiesen sido ellos los causantes de mis dolores.

Llegó la víspera de Navidad, y yo había dormido casi todo el día. No recuerdo haber dormido tanto en mi vida, salvo tal vez cuando sufrí las enfermedades típicas de infancia. En fin, no estuvo mal y logré descansar.

Mi cena navideña consistió en una sopa de ave preparada por mi esposo, quien muy emocionado me dice que es la primera sopa que prepara en su vida. ¡Estaba tan deliciosa! Aunque, cuando una se siente enferma no puede sentir muy bien los sabores, pero lo importante es contar con alguien que se ocupe y cuide de ti en tales circunstancias.

Mientras tanto, en mi mente tornaba hacia la habitación del Sastre, quien deliraba en sueños con la bobina de seda roja faltante para coser los ojales de la chaqueta que usaría el Alcalde de Glaucester en su boda el dia de Navidad.

Simplón‘, su gato, maulló furioso toda esa noche buscando a los ratones. Yo no tengo un Simplón, pero de haberlo tenido, hubiese estado en la misma faena, con seguridad. Esto porque, la madrugada del 25 de diciembre me despertaron unos rasguños sobre la madera en el entretecho de mi habitación… ¡Y justo encima de mi cabeza! ¿Qué curioso, verdad? Estuve escuchando durante un largo tiempo hasta que el pequeño roedor cesó, probablemente distraído con otra cosa, yéndose a curiosear para otro lado.

Ahora, si traslado esto al mundo de la dulce imaginación, ese roedor tal vez estaba escarbando en mi cabeza para eliminar las percepciones negativas que tengo en su contra, y dejar en mi mente solo pensamientos agradables hacia ellos, y de ese modo lograr que a partir de ahora los destaque por su laboriosidad, creatividad e inteligencia

Por otra parte, pienso que para los roedores debe ser maravilloso vivir durante los largos meses de invierno en una casa tibia, con comida y sin un gato que los estrese.

En el mundo de estos pequeñines, a eso se le podría llamar: ‘Época dorada‘ o una ‘Belle Époque’, pues gozan de abundancia, paz y armonía.

Por mi parte, estoy logrando salir airosa del ataque del malvado bicho. Y, sacando cuentas, se dice que un virus tarda doce días en manifestarse en gloria y majestad después de incubarse en el cuerpo. El que, con toda seguridad, me lo debo haber traído desde un evento social en el cual participé durante esos días, donde las condiciones para un contagio de esta naturaleza, sin duda, fue muy auspicioso.

Ahora, sintiéndome más aliviada con todo el cuidado de mi familia, con la reponedora y diferente cena de Navidad, mi necesario té con limón y miel, me preparo para los días que vendrán, seguramente con más sopas de ave, esta vez preparadas por mí, para los que pronto caerán en cama atacados por el mal bicho que me regaló una Navidad incómoda, pero acogedora a la vez.

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